Una característica de las negociaciones impulsadas por el expresidente de Estados Unidos, Donald Trump, para poner fin a la guerra en Ucrania es que, hasta el momento, el único resultado tangible ha sido el reconocimiento público por parte del propio Trump de que el conflicto debe continuar.
En agosto, durante su viaje a Alaska para reunirse con el presidente ruso, Vladimir Putin, Trump inicialmente exigió un alto el fuego inmediato, amenazando con “graves consecuencias” si Putin no accedía. Sin embargo, tras el encuentro, Trump aclaró que el objetivo era un acuerdo que pusiera fin a la guerra, no un cese al fuego, afirmando que así lo habían “decidido todos”. En consecuencia, los combates continuarían.
Un patrón similar se repitió antes de la reciente reunión entre el presidente ucraniano, Volodímir Zelenski, y Trump en la residencia de Mar-a-Lago, en Florida. Antes de las negociaciones con la parte ucraniana, Trump mantuvo una conversación telefónica con Putin. Cuando un periodista le preguntó si había planteado la exigencia de una tregua, Trump respondió que Putin no había aceptado, añadiendo: “Entiendo esta posición”.
Putin, por lo tanto, parece haber logrado al menos este objetivo en las negociaciones. Además, Trump no parece considerar necesario aumentar la presión sobre Rusia, por ejemplo, suministrando a Ucrania misiles de largo alcance Tomahawk, una opción que descartó a principios de noviembre.
Si se alcanzara incluso una paz frágil, el Kremlin perdería su posición de fuerza. Esto revelaría el daño que la guerra ha infligido a Rusia, comenzando por los cientos de miles de muertos solo en territorio ruso, hasta los problemas económicos.
