El mundo que habitamos hoy poco se asemeja al imaginado por los arquitectos de la economía global a finales del siglo XX. En aquel entonces, la desmantelación de las barreras comerciales se celebró como una vía hacia la prosperidad compartida.
Hoy, nuevas murallas se alzan, no de hormigón, sino de aranceles, subsidios y prohibiciones de exportación. La gran narrativa de una globalización sin fisuras suena cada vez más como una reliquia de una época pasada.
Lo que estamos presenciando no es una perturbación temporal, sino un cambio tectónico en la gobernanza económica, con la fuerza suficiente para alterar la orientación estratégica de las naciones en todo el mundo.
Lo que comenzó como tuits agudos y provocadores durante el primer mandato de Donald Trump está demostrando no ser una anomalía histórica, sino el punto de ignición de una transformación más profunda y latente.
Sin embargo, señalar únicamente a Trump sería intelectualmente deshonesto. Bajo la retórica de “America First” subyacía una profunda inquietud por el ascenso de China y su percibida manipulación del sistema económico internacional.
Pekín fue acusado de explotar la apertura de la globalización para acumular riqueza y fuerza industrial, al tiempo que protegía su mercado interno a través de obstáculos burocráticos y formas opacas de proteccionismo.
Hoy, el nacionalismo económico se ha globalizado, extendiéndose a través de ideologías y regiones por igual. En Japón, figuras como Sanae Takaichi han promovido una poderosa narrativa de autosuficiencia económica en respuesta a las vulnerabilidades de la cadena de suministro del país.
En la Unión Europea, la “autonomía estratégica” se ha convertido en una frase habitual en Bruselas, un esfuerzo por reducir la dependencia crónica de China y, al mismo tiempo, protegerse contra la incertidumbre política en Washington.
Indonesia también se ha unido a esta tendencia. Las políticas que promueven el procesamiento posterior del níquel y otros recursos naturales han surgido como una nueva narrativa político-económica de soberanía nacional.
La eficiencia, que una vez fue el principio supremo de la globalización, ahora está cada vez más subordinada a los imperativos de la seguridad y la soberanía.
Un dilema existencial
Para comprender el nacionalismo económico con claridad intelectual, uno debe ir más allá de su identificación estrecha con el proteccionismo convencional.
Inspirándose en Marvin Suesse’s “The Nationalist Dilemma (2023)”, el nacionalismo económico puede entenderse como un intento de alinear las fronteras económicas con las fronteras de la identidad y la soberanía nacionales.
Suesse ofrece una perspectiva notablemente humana. En su opinión, el nacionalismo económico no es una patología colectiva, sino una respuesta racional a las desigualdades internacionales percibidas. Cuando las naciones se sienten humilladas por el retraso económico o amenazadas por la dominación del capital extranjero, el proteccionismo se convierte en un escudo intuitivamente defendible.
Sin embargo, ese escudo oculta una profunda paradoja. Suesse argumenta que los nacionalistas económicos están atrapados entre dos aspiraciones conflictivas. Por un lado, existe un poderoso impulso hacia el aislamiento para proteger la industria nacional. Por otro lado, existe una ambición igualmente fuerte por el desarrollo y la expansión rápidos.
Sin acceso a capital extranjero, tecnología y cooperación internacional, alcanzar a los países industrializados se vuelve casi imposible para la mayoría. Esta, sugiere Suesse, es la encrucijada que enfrentan muchos países en desarrollo hoy en día.
Indonesia, por ejemplo, encarna el deseo de plena soberanía sobre los recursos naturales, al tiempo que persiste en la dependencia de la inversión externa y la transferencia de tecnología para que esa soberanía sea económicamente significativa.
Una visión más tecnocrática, aunque escéptica, es ofrecida por Jeremie Cohen-Setton, Madi Sarsenbayev y Monica de Bolle en “The New Economic Nationalism (2025).” Los autores argumentan que el mundo está intentando resucitar al Estado como el actor económico central, un enfoque que durante mucho tiempo se consideró tabú bajo la ortodoxia liberal.
Para ellos, este “nuevo nacionalismo económico” es un experimento de alto riesgo. Cuando los Estados intervienen demasiado profundamente en los mercados bajo la bandera del nacionalismo, los resultados probables no son la equidad y la resiliencia, sino la ineficiencia, el aumento de la deuda pública y la corrupción disfrazada de política industrial. En este sentido, el nacionalismo económico se asemeja a un potente fármaco administrado en dosis excesivas, destinado a ser una medicina pero que, en última instancia, resulta tóxico.
Una interpretación aún más radical y apocalíptica proviene de Jamie Merchant’s “Endgame: Economic Nationalism and Global Decline (2024).” Escribiendo desde una perspectiva influenciada por el marxismo, Merchant no ve el nacionalismo económico como una elección de política o una mera reacción a la desigualdad.
En cambio, lo trata como un síntoma de que el capitalismo global está entrando en una fase de decadencia sistémica. En su análisis, la globalización ha comenzado a colapsar desde dentro a medida que el potencial de ganancias del libre comercio alcanza la saturación debido a la automatización y la erosión del plusvalor del trabajo humano.
El nacionalismo económico, en esta visión, representa una desesperada lucha por parte de los Estados para apoderarse de los menguantes restos de la prosperidad a medida que el barco económico global se hunde lentamente hacia el estancamiento.
La trampa de suma cero
Cuando estas perspectivas se enfrentan a las realidades geoeconómicas contemporáneas, emerge un patrón preocupante, con profundas implicaciones para la estabilidad global.
Kenneth A Reinert, en “The Lure of Economic Nationalism: Beyond Zero-Sum (2024”), advierte sobre los peligros psicológicos inherentes a esta tendencia. Describe el nacionalismo económico como un abrazo seductor pero destructivo del pensamiento de suma cero, la creencia de que la ganancia de un país debe ser automáticamente la pérdida de otro.
Si China construye una enorme fábrica de baterías, Estados Unidos ve una amenaza existencial para su industria automotriz; si Indonesia prohíbe las exportaciones de minerales brutos, las economías avanzadas perciben un ataque a su acceso al mercado.
Existe una verdad en la sensación de que el sistema global está bajo una tensión severa. China encarna muchos de los temores que describe Reinert, aprovechando la globalización externamente mientras persigue políticas industriales nacionalistas internas.
La respuesta de Estados Unidos, iniciada bajo Trump y ampliada bajo Joe Biden, refleja una creciente impaciencia en Washington. Han seguido los aranceles, los bloqueos tecnológicos y los subsidios generales en virtud de iniciativas como la Ley de Reducción de la Inflación.
La víctima, al menos inicialmente no intencionada, ha sido el propio sistema multilateral. Las instituciones como la Organización Mundial del Comercio se han debilitado, dejando a la economía global cada vez más a la deriva sin reglas mutuamente aceptadas.
Sobre el terreno, el nacionalismo económico ha demostrado ser más que un mero eslogan político pasajero. En Japón, el cambio hacia la “seguridad económica” ha llevado a las empresas a reubicar la producción fuera de China, incluso a un costo mayor.
La Unión Europea, considerada durante mucho tiempo como la defensora más fiel del libre comercio, ahora se está armando con instrumentos anticorcoercitivos para defender la soberanía del mercado. Estos acontecimientos refuerzan la afirmación de Merchant de que el mundo se está fragmentando en bloques económicos rivales marcados por la sospecha mutua.
La situación se complica aún más por las justificaciones morales que cada país avanza. Las naciones en desarrollo afirman que el proteccionismo es una necesidad para escapar de la pobreza, mientras que las economías avanzadas lo defienden como esencial para preservar el nivel de vida de la clase media.
Esta colisión de narrativas crea un terreno fértil para los movimientos populistas y de extrema derecha, que prometen la ilusión de la autosuficiencia absoluta como un camino hacia el poder político.
Buscando un punto medio
El nacionalismo económico debe entenderse con suficiente claridad para comprender ambos lados de la ecuación. Es innegable su papel fundamental en la supervivencia nacional.
Como argumenta Suesse, puede servir como un instrumento para que las naciones marginadas exijan una participación más justa en la división internacional del trabajo. Para Indonesia, por ejemplo, las políticas de industrialización posterior, aunque de tono nacionalista, pueden ser la única manera de escapar de la dependencia permanente de las exportaciones de materias primas de bajo valor.
Sin embargo, los peligros son igualmente reales. El nacionalismo económico puede convertirse en un intoxicante para los responsables políticos.
Un riesgo inmediato es la inflación global sistémica. Obligar a la producción nacional a costos muy superiores a las alternativas internacionales termina gravando a los ciudadanos comunes. La eficiencia global, que una vez se logró mediante cadenas de suministro integradas, se sacrifica por una sensación de seguridad que puede resultar ilusoria.
Un segundo peligro radica en la supresión de la innovación. El progreso científico y tecnológico prospera con el libre intercambio de ideas a través de las fronteras.
Cuando el nacionalismo económico se extiende a la investigación y el desarrollo, lo que a menudo se denomina tecnonacionalismo, el mundo corre el riesgo de fragmentarse en estándares tecnológicos incompatibles. Esto no solo ralentiza el crecimiento, sino que socava las respuestas colectivas a los desafíos globales como el cambio climático y las futuras pandemias, problemas que ninguna nación puede resolver por sí sola.
En conjunto, las cuatro perspectivas ofrecen una poderosa síntesis. Suesse proporciona una base histórica, Cohen-Setton y sus coautores advierten contra la decadencia burocrática, Reinert destaca los peligros psicológicos de la economía xenófoba y Merchant subraya la gravedad de la crisis sistémica en cuestión.
Todos convergen en una sola conclusión: el mundo se encuentra en una encrucijada decisiva, que dará forma a los horizontes económicos y políticos de las generaciones venideras.
Ronny P Sasmita es analista senior en la Indonesia Strategic and Economics Action Institution
