En la víspera de San Juan, con el verano desplegando sus rituales de fuego, ‘Balearic’ nos presenta un contraste fascinante: una fiesta clandestina en una piscina, refugio de jóvenes celebrando la noche más corta del año, y, a pocos pasos, una reunión de adultos entre cócteles y música suave. Sin embargo, bajo la superficie de ambas celebraciones se esconden tensiones latentes. La diversión de los intrusos se ve interrumpida por la inesperada presencia de tres perros que los acorralan, mientras que los anfitriones continúan su fiesta ajenos a lo que ocurre. Ion de Sosa construye así una narrativa afilada que explora dos mundos aparentemente inconexos, pero que se reflejan mutuamente.
La inspiración para ‘Balearic’ surgió de una temprana fascinación por la película ‘El nadador’, un relato que exploraba la obsesión y la transformación a través de las piscinas de una urbanización. “Todas esas virtudes me atraparon”, comenta Sosa, recordando cómo aquel filme le inspiró a crear una atmósfera y una paleta de colores que trasladara a su propio proyecto. Aunque la idea de los perros no busca generar terror, sino combinar “conflicto generacional y apocalipsis medioambiental” en una obra que equilibra comedia y terror con sorprendente ligereza. “Al principio, lo que me atrajo fue la idea de dos casas, dos generaciones y dos piscinas conectadas de una forma fantástica”, explica el director. “A los dieciocho quieres conquistar el mundo, y a los cuarenta, tener una piscina. La película explora qué sucede en esos años para que los sueños cambien tan radicalmente”.
Christina Rosenvinge, quien interpreta a un personaje marcado por un desencanto idealista, describe su experiencia como profundamente personal. “Cuando estaba filmando, tenía hijos pequeños. Todos los padres nos preocupamos por el futuro de nuestros hijos, que sin duda será más difícil que el nuestro”, afirma, destacando la relevancia generacional que atraviesa la película. Para Sosa, ‘Balearic’ es una experiencia performativa. “La película es un vehículo atmosférico”, explica. “Imagen, sonido y música se combinan para transportar al espectador en un viaje visual y sonoro comparable a un disco de música electrónica con una base constante”. La narrativa se construye sobre la dicotomía entre jóvenes idealistas y adultos acomodados, simbolizada en dos piscinas que reflejan mundos y deseos distintos.
“Es precioso ver a esta gente con una fotografía tan cuidada, tan bonita, analógica. Esos colores, esos encuentros alrededor de la piscina… es un cine con una personalidad cultural que va más allá de la experiencia”, comenta Rosenvinge. La película, según la actriz, dialoga con la obra de Buñuel, ‘El nadador’ y otros hitos del cine experimental, proponiendo una visión moderna y radical que se distingue de la producción contemporánea.
Alrededor de las piscinas
Julián Génisson y Lorena Iglesias, actores de la película, reflexionan sobre su aproximación a los personajes y al rodaje. Iglesias explica que, aunque es actriz de formación, la película tiene un tono particular, “casi recitado a veces”, que se aleja de la actuación tradicional y se acerca a la performance. Destaca también la atmósfera de colaboración y creatividad del rodaje, donde artistas de diversas disciplinas –cantantes, practicantes de yoga, performers de post-porno– contribuyeron a moldear tanto el guion como las interpretaciones. “No estábamos simplemente ejecutando un texto, lo estábamos revisando y reescribiendo sobre la marcha”, comenta.
Fotografía del rodaje de ‘Balearic’
El tema de los “nuevos ricos” también es central en la película. Génisson, quien junto a otras cuatro personas elaboró el guion, señala que los personajes reflejan la creciente polarización social: “Cada vez hay menos estatus intermedios. O eres multimillonario o estás en la miseria radical. Todo tiende a concentraciones extremas”. Iglesias describe un proceso abierto y generoso en la elaboración del texto, que se adaptaba constantemente, permitiendo a los actores aportar a la historia. “La película habla de personas que están blindadas emocionalmente, que han perdido la capacidad de sentir”, explica, señalando que la obra refleja un problema sistémico más que fallos individuales.
Lorena Iglesias insiste en que los diálogos de los jóvenes se trabajaron para reflejar con precisión su forma de hablar: “Hay muchas películas en las que los jóvenes hablan como personas de 40 años, y eso es absurdo. Aquí queríamos que los jóvenes se sintieran interpelados e identificados”. Julián Genisson subraya que los personajes adultos, ciegos ante las consecuencias de sus actos y desconectados emocionalmente, contrastan con la curiosidad y la empatía de los jóvenes: “Este recordatorio de los viejos en los que nos estamos convirtiendo no debería olvidarse del joven que fuimos. Hay que mantener la solidaridad intergeneracional con uno mismo”.
El grupo de jóvenes yendo a la piscina de ‘Balearic’
La película también busca generar un diálogo más amplio con el público. El equipo de ‘Balearic’ cree que el filme puede generar conversaciones sobre la incomunicación, la desigualdad y la urgencia de mirar la realidad, incluso cuando es incómoda o alarmante. “Para hablar de anomalías, hay que adoptar un tono y una estética anómalos, porque no se puede normalizar que estamos en esta situación, el mundo se está yendo al traste y nos lo estamos pasando muy bien”, explica Génnison. ‘Balearic’ se presenta así como un experimento narrativo y sensorial, donde la tensión, la ironía y la belleza visual se combinan para ofrecer una meditación sobre la juventud, la adultez y las expectativas cambiantes, todo ello envuelto en el calor mágico de una noche de verano.
