Una mujer que recientemente fue diagnosticada con cáncer de mama y ha pasado por cirugía y radioterapia, comparte su experiencia y sentimientos sobre el término “superviviente”. A pesar de que los oncólogos la consideran así, ella no se identifica con esa etiqueta debido a las cicatrices, la medicación de 10 años con posibles efectos secundarios graves y la posibilidad de recurrencia.
La paciente admite sentirse deprimida, considerándolo una reacción natural ante una situación que ha alterado profundamente su vida. Aunque reconoce tener momentos difíciles, mantiene su rutina diaria y no tiene pensamientos suicidas. Sin embargo, expresa su frustración por la dificultad de hablar abiertamente sobre sus sentimientos, ya que las personas parecen interesarse únicamente en su enfermedad, y la palabra “depresión” genera más incomodidad que el propio cáncer.
Ha intentado buscar apoyo en grupos de discusión, tanto en línea como en persona, pero no ha encontrado la conexión que busca. Observa que a menudo se espera que las personas que atraviesan situaciones difíciles no expresen tristeza o depresión. Se cuestiona por qué se ha estigmatizado la expresión de emociones humanas ante eventos dolorosos.
En respuesta, se le recuerda que el término “superviviente” no niega el miedo, el dolor y los cambios que ha experimentado. Se enfatiza que es una victoria estar donde está hoy, y que es válido sentirse confundida. Lo preocupante es sentir la necesidad de ocultar sus emociones, especialmente a sus médicos, quienes necesitan una imagen completa de su estado. Se le anima a expresar sus dificultades y a buscar el apoyo que necesita, reconociendo que ser un sobreviviente implica seguir adelante a pesar de las adversidades.
