En China, la altura de los rascacielos en ciudades como Shenzhen, con sus 18 millones de habitantes, ha generado una nueva y peculiar adaptación de la economía informal. Ante las dificultades que enfrentan los repartidores para acceder a los pisos más altos, estudiantes y jubilados se han convertido en los encargados de completar la entrega en los últimos metros, según una investigación del New York Times.
Shenzhen presume de imponentes estructuras como el Pingan International Finance Center, que supera los 600 metros de altura, y edificios como el Diwang Building y el SEG Plaza, que exceden los 350 metros. Esta verticalidad plantea desafíos logísticos significativos.
14 dólares por jornada
La corresponsal del New York Times en China, Vivian Wang, observó este fenómeno en las inmediaciones del SEG Plaza. Los repartidores, tras acercarse al edificio con los pedidos, transferían los paquetes a otros mensajeros, muchos de ellos esperando en la base de la torre. La mayoría son jubilados o estudiantes que buscan complementar sus ingresos con unos pocos yuanes.
Según el New York Times, una jornada completa de trabajo para estos “últimos kilómetros” de entrega no supera los 14 dólares, sin contar con protección social ni contrato laboral. Esta cifra es considerablemente inferior a los 37 dólares que ganan, en promedio, los empleados del sector privado en Shenzhen.
El profesor Liang Wei, experto en diseño urbano de la Universidad de Tsinghua, explica en el medio Indian defence review que “los promotores priorizan la altura, la imagen de marca y la densidad, pero los sistemas internos no están diseñados para facilitar el acceso a los servicios. Ahí reside el problema”.
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600 pedidos diarios
La situación se agrava por las largas esperas en los ascensores, que pueden superar los treinta minutos en hora punta, complicando el trabajo de los repartidores y reduciendo su rentabilidad. Las plataformas de entrega no tienen en cuenta estas dificultades, ya que consideran la entrega finalizada una vez que el mensajero llega al edificio, independientemente del piso al que deba llegar el pedido.
Esta situación ha llevado a algunos repartidores a subcontratar los últimos metros de la entrega, incluso compartiendo sus ganancias. Shao Ziyou, un hombre de 47 años que trabaja en el SEG Plaza, distribuye más de 600 pedidos diarios entre sus asistentes, quienes optimizan las rutas transportando hasta siete pedidos a la vez.
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Incluso los escolares lo intentaron
Según la agencia de noticias china Xinhua, en 2023, 545 millones de chinos pidieron comida en línea, con un total de 56.000 pedidos entregados cada minuto. Esta gigantesca economía se sustenta en más de 10 millones de repartidores, dos tercios de los cuales trabajan a tiempo parcial. El mercado de la entrega de alimentos en China se estima en 167.000 millones de dólares, superando el PIB de Kuwait en 2023.
Videos de este fenómeno en Shenzhen incluso convencieron a algunos padres de proponer esta actividad a sus hijos. Este verano, escolares intentaron realizar entregas en los pisos de los rascacielos, causando confusión y errores. Los repartidores originales desconfiaban de ellos, lo que llevó a las autoridades a prohibir esta práctica, ya que la edad mínima legal para trabajar en China es de 16 años.
Por el momento, el auge de las entregas por dron no parece amenazar a estos trabajadores precarios, quienes continúan utilizando los ascensores y presentándose en las puertas de los edificios.
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