Seis años después de la primera muerte por COVID-19 en Costa Rica, la familia del doctor Roberto Antonio Galva Jiménez recuerda el impacto humano detrás de la pandemia y el vacío que dejó su partida.
El médico pediatra y pionero en cirugía cardiovascular infantil en Costa Rica falleció el 18 de marzo de 2020 a los 87 años, cinco días después de recibir el diagnóstico de COVID-19. Su caso marcó un punto de inflexión en la historia sanitaria nacional.
Para sus seres queridos, las cifras son menos importantes que el recuerdo de un hombre culto, inteligente y cercano. Uno de sus nietos, Marco Phillips Galva, lo describe como “interesantísimo para hablar”, destacando que conversar con él sobre política o historia era enriquecedor.
El contagio se produjo de manera inesperada, a través de su hija, quien había tenido contacto con el primer caso confirmado en el país. Tanto el doctor Galva como su esposa, quien padecía Alzheimer, contrajeron el virus en la misma cadena de contagio. El diagnóstico, confirmado el 13 de marzo de 2020, llevó a un aislamiento total en un momento en que Costa Rica aún no comprendía la magnitud de la pandemia.
La familia recuerda que no hubo visitas, abrazos ni despedidas, solo distancia e incertidumbre.
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