En el reciente Foro Económico Mundial en Davos, el primer ministro de Canadá, Mark Carney, planteó una reflexión crucial: el orden internacional liberal, basado en reglas y la cooperación multilateral, se encuentra en declive. Carney argumenta que las acciones de Estados Unidos y la creciente rivalidad entre Washington y Pekín están dando forma a un escenario donde las grandes potencias operan sin restricciones significativas, erosionando las instituciones y normas globales. Para ilustrar esta nueva realidad, el primer ministro canadiense recurrió a la frase de Tucídides: “los fuertes hacen lo que pueden y los débiles sufren lo que deben”. Sin embargo, Carney también destacó la oportunidad para que las potencias medias, como Canadá, lideren la construcción de un nuevo orden mundial fundamentado en valores como el respeto a los derechos humanos, el desarrollo sostenible, la solidaridad, la soberanía y la integridad territorial.
Carney, basándose en el concepto de “realismo basado en valores” propuesto por Alexander Stubb, aboga por una combinación de principios y pragmatismo. Esto implica defender la soberanía y los derechos humanos, reconocer la naturaleza gradual del progreso y aceptar que no todos los socios comparten los mismos valores. En este contexto, Canadá está diversificando sus alianzas, fortaleciendo su capacidad de defensa e invirtiendo estratégicamente en áreas clave como la inteligencia artificial, la energía, los minerales críticos y el desarrollo de nuevas rutas comerciales. En los últimos meses, ha firmado doce acuerdos comerciales, profundizado su asociación estratégica con la Unión Europea –incluyendo el suministro de materiales de defensa– e iniciado negociaciones con India, la ASEAN, Filipinas y Mercosur. En esencia, Canadá está construyendo alianzas flexibles y temáticas para fortalecer su autonomía estratégica.
Latinoamérica debería considerar un enfoque similar si aspira a desempeñar un papel relevante en el futuro orden internacional. La región cuenta con numerosos países con potencial para influir a nivel global, pero la falta de integración, la débil coordinación política y la carencia de instituciones sólidas limitan su capacidad de actuar de manera conjunta. Un ejemplo claro de este potencial reside en el “triángulo del litio”, que abarca a Argentina, Bolivia y Chile. Esta zona concentra el 68% de las reservas mundiales de litio en salmueras, las cuales son las más rentables y fáciles de procesar, según datos del Consejo Latinoamericano en Ciencias Sociales (CLASCO). El litio es un mineral esencial para la transición energética, siendo fundamental en la fabricación de baterías para vehículos eléctricos y sistemas de almacenamiento de energía solar y eólica.
A esto se suma la importancia del cobre, materia prima clave para la producción de microchips y semiconductores. América Latina, de acuerdo con CSIS, alberga el 46% de las minas de cobre a nivel mundial, principalmente en Chile y Perú. Se prevé que la demanda de este mineral aumente significativamente debido a la expansión de la infraestructura tecnológica, los centros de datos y la inteligencia artificial, lo que podría generar una demanda adicional de hasta 2,6 millones de toneladas. A pesar del control que China ejerce sobre gran parte de la cadena de suministro, las reservas se encuentran en la región.
Estos ejemplos demuestran que Latinoamérica no solo posee recursos estratégicos, sino también una oportunidad histórica para integrarse en las cadenas globales de alto valor agregado de las industrias del futuro. Además, la región se destaca como líder mundial en energía renovable, con más del 50% de su matriz energética proveniente de fuentes limpias, liderada por Paraguay, Costa Rica y Brasil. En 2023, la región produjo el 45% de su energía a partir de hidroeléctricas, el 9% de eólica y el 5,4% de solar, lo que la convierte en la región con el punto de partida más favorable en este ámbito.
Sin embargo, lo fundamental es una visión compartida. La región necesita un consenso institucional que impulse un proceso de integración real, establezca prioridades comunes y garantice la coherencia en su inserción internacional. De lo contrario, América Latina seguirá fragmentada, con un desarrollo desigual y un peso internacional limitado. La reciente revisión a la baja de las previsiones de crecimiento económico para América Latina y el Caribe por parte del Fondo Monetario Internacional (FMI) el 18 de enero de 2026, es un claro indicativo de esta situación.
Según esta institución, se espera que Latinoamérica y el Caribe crezcan un 2,2% este año y un 2,7% en 2027. De cumplirse estas proyecciones, el crecimiento de la región sería inferior al promedio mundial estimado en 3,3% para 2026 y 3,2% para 2027, así como a las tasas de crecimiento previstas para África subsahariana (4,6% en 2026), las economías emergentes y en desarrollo de Asia (5% en 2026) y Oriente Medio y Asia Central (3,9% en 2026). En un mundo fragmentado y multipolar, América Latina debe construir este consenso regional para impulsar el desarrollo económico y social, y fortalecer su soberanía estratégica, identificando oportunidades en industrias como la inteligencia artificial, los centros de datos y las energías renovables, aprovechando su potencial mineral y su mano de obra, en colaboración con potencias medias como Canadá y países de la Unión Europea, que comparten sus valores democráticos. De lo contrario, solo Brasil, México o Argentina, que se posicionan como potencias regionales, podrán avanzar de forma independiente, mientras que el resto de la región quedará rezagada.
El reciente acuerdo comercial entre la Unión Europea y Mercosur ilustra el interés global en la región. Este pacto crea una zona de libre comercio que abarca a 700 millones de personas. Mercosur es actualmente el segundo socio comercial de la Unión Europea en bienes, con exportaciones europeas que alcanzaron los 57.000 millones de euros en 2024. La UE también representa una cuarta parte del comercio total de servicios del bloque, con exportaciones por 29.000 millones de euros en 2023, y se consolidó como el mayor inversor extranjero en Mercosur, con un stock acumulado de 390.000 millones de euros. La oportunidad es evidente, pero aún no está claro si América Latina sabrá aprovecharla.
Por lo tanto, es imperativo avanzar hacia un nuevo consenso regional que permita construir una América Latina capaz de liderar en energías renovables, minerales críticos y las industrias del futuro; una región con un propósito común y la autonomía estratégica necesaria para influir en la geopolítica del siglo XXI.
Twitter: @Mariocarvajal9C
