Durante años, el debate sobre alimentación sostenible ha estado marcado por la idea de que comer sano y proteger el planeta es un privilegio costoso y complejo. Sin embargo, investigaciones recientes están desafiando este concepto, revelando que nuestras elecciones diarias en la mesa pueden ser una de las herramientas más efectivas –y accesibles– para combatir la crisis climática.
Según informa Eco-Business, el enfoque está volviendo a lo fundamental, más allá de modas y superalimentos. Un estudio reciente publicado en Nature Food demuestra que una dieta saludable, basada en alimentos locales y económicos, no solo mejora el acceso a una nutrición adecuada, sino que también puede reducir las emisiones globales de gases de efecto invernadero relacionadas con la alimentación hasta en un tercio. Esta combinación redefine la relación entre sostenibilidad, economía y bienestar.
Emisiones de alimentos: el costo oculto de nuestro sistema alimentario
Las emisiones generadas por la producción de alimentos representan una parte significativa, aunque a menudo invisible, de la huella ambiental global. Desde la agricultura hasta el transporte, el procesamiento y el consumo, cada etapa del sistema alimentario contribuye a las emisiones de gases de efecto invernadero que impulsan el cambio climático.
El estudio analizó 440 productos en 171 países y determinó que una dieta saludable típica, basada en alimentos de consumo común como carne, arroz y lácteos, genera alrededor de 2,44 kg de CO₂ equivalente por persona al día, con un costo aproximado de 10 dólares.
Lo que hoy consideramos “normal” resulta ser ambientalmente intensivo y económicamente ineficiente.
Accesibilidad y emisiones: una conexión subestimada
Uno de los hallazgos más importantes del estudio es que las dietas saludables, basadas en alimentos locales y económicos, emiten solo 1,65 kg de CO₂ equivalente y cuestan alrededor de 3,68 dólares diarios. Esto representa un tercio del costo y un tercio del impacto climático de las dietas tradicionales.
Legumbres, frutas, verduras, pescados pequeños, huevos y alimentos básicos como la yuca o las zanahorias son alimentos clave en esta ecuación. Son productos accesibles en la mayoría de los países, con un alto valor nutricional y una menor dependencia de procesos industriales que consumen mucha energía.
Lo económico no es sinónimo de insostenible
Contrario a la creencia popular, el bajo costo no implica un menor compromiso ambiental. Según la Dra. Elena Martínez, investigadora de la Universidad de Tufts, los alimentos más accesibles suelen requerir menos combustibles fósiles y menos alteraciones en el uso del suelo, dos factores cruciales en la generación de emisiones.
Esto revela una paradoja: muchas estrategias de sostenibilidad se centran en soluciones tecnológicas avanzadas, cuando una parte importante del impacto podría reducirse adoptando sistemas alimentarios más simples, locales y menos industrializados.
Impacto de los grupos de alimentos: ¿quiénes emiten más y quiénes menos?
El análisis distingue seis grupos principales de alimentos. Aquellos de origen animal –especialmente la carne de res y los productos lácteos– concentran los mayores costos y las mayores emisiones. Por el contrario, las legumbres, frutas, verduras y aceites presentan un impacto significativamente menor.
Dentro del grupo de alimentos de origen animal, existen diferencias notables. Los pescados pequeños, como las sardinas o el atún, tienen emisiones mucho menores que la carne roja, mientras que productos como la leche y las aves de corral son relativamente accesibles en términos económicos.
Nutrición, clima y contexto social
El profesor William Masters, también autor del estudio, enfatiza que no se trata de eliminar grupos completos de alimentos, sino de encontrar un equilibrio realista según el contexto local. En países de bajos ingresos, por ejemplo, algunos alimentos de origen animal siguen siendo esenciales para cubrir deficiencias nutricionales.
Lo fundamental es priorizar aquellos productos que ofrecen la mejor relación costo-beneficio en términos de salud y clima. Como señala Ignacio Drake, de la organización Colansa:
Si existen alimentos con la misma calidad nutricional, pero más baratos y menos contaminantes, la lógica del cambio es evidente.
A pesar de estos beneficios, casi 2.600 millones de personas en el mundo no pueden permitirse una dieta saludable. En regiones como África subsahariana y el sur de Asia, el 75% de la población enfrenta esta limitación estructural.
Incluso en países de ingresos medios como México, Brasil o China, el acceso a una alimentación saludable sigue siendo desigual y depende de factores como la infraestructura, la disponibilidad local, la educación alimentaria y las políticas públicas. La sostenibilidad, en este sentido, no puede separarse de la justicia social.
El estudio sugiere que mejorar los patrones de consumo no depende únicamente de las decisiones individuales. Se necesitan políticas que faciliten el acceso a alimentos saludables, incentiven la producción local y desincentiven los productos con altas emisiones.
Entre las propuestas se destacan los sistemas de etiquetado ambiental, los impuestos a los productos poco saludables y los subsidios a los alimentos sostenibles. Otro análisis de Nature Food estima que gravar la carne con el IVA estándar en la Unión Europea podría reducir entre un 3,5% y un 5,7% las emisiones asociadas a la alimentación.

Comer mejor para vivir mejor
La evidencia es clara: transformar nuestra dieta no es solo una cuestión de salud personal, sino una estrategia climática de gran impacto. Optar por alimentos accesibles, locales y de bajo impacto ambiental permite reducir significativamente las emisiones de gases de efecto invernadero sin comprometer la calidad nutricional.
En un contexto donde la sostenibilidad a menudo se percibe como un lujo, estos hallazgos replantean el debate. Comer mejor no tiene por qué ser más caro ni más complicado. Al contrario, puede ser una de las decisiones más simples, poderosas y transformadoras para las personas, las empresas y los sistemas alimentarios del futuro.
