Diplomacia Cultural: 2 Siglos de Influencia Global

by Editor de Mundo

La diplomacia cultural, un instrumento para proyectar la influencia de las naciones más allá de las fronteras militares, ha evolucionado significativamente desde mediados del siglo XIX. Así lo destaca el reciente trabajo del profesor Ludovic Tournès, de la Universidad de Ginebra.

Desde las transmisiones de Radio Moscú hasta las giras internacionales del Ballet Bolshói, pasando por la organización de eventos como la Copa Mundial de Fútbol de Qatar 2022, la K-pop y la Bienal de Venecia, diversos fenómenos han servido como vehículos de esta diplomacia cultural. Se trata de un campo de acción complejo, donde convergen políticas públicas y actores privados, y que, a pesar de su relevancia histórica, ha recibido relativamente poca atención académica. El libro de Tournès busca llenar este vacío, ofreciendo una síntesis global del tema.

El investigador señala que, contrariamente a lo que se previó en las décadas de 1990 y 2010 sobre la pérdida de relevancia de los Estados en un mundo globalizado, la historia de la diplomacia cultural demuestra lo contrario: la globalización no ha hecho desaparecer a los Estados, sino que ha redefinido su papel.

Según la definición de Tournès, la diplomacia cultural es “un repertorio de acciones llevadas a cabo por una nebulosa más o menos extensa de actores privados y públicos que comparten el objetivo de asegurar una presencia internacional de las producciones de una configuración cultural nacional, a través de un conjunto de acciones voluntaristas de difusión o importación, pero también a través de cooperaciones entre dos o más Estados”.

Una competencia intensa

Inseparable del surgimiento de las naciones modernas, la diplomacia cultural originalmente buscaba difundir los mitos nacionales en territorios colonizados o bajo dominio, apoyándose en servicios diplomáticos que ampliaban sus funciones tradicionales (declarar la guerra y la paz) y se profesionalizaban. Sin embargo, ha trascendido estas limitaciones geográficas y se ha expandido a nivel global, generando una competencia feroz entre grandes potencias, países emergentes y naciones en declive.

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Si bien el Estado desempeña un papel fundamental en la organización y coordinación, la implementación efectiva de la diplomacia cultural requiere la participación de diversos actores del sector privado, como fundaciones, organizaciones no gubernamentales, instituciones religiosas o educativas, empresas productoras de contenido cultural y la opinión pública. “La distribución de roles puede variar”, resume Tournès, “pero una división del trabajo y una forma de sinergia entre ambos actores aparece como una constante. Lo que cambia según el país son las proporciones de esta combinación”.

En esta búsqueda de influencia por medios distintos a la guerra, tres áreas de intervención son prioritarias. La primera es la promoción de la lengua nacional a través de traducciones y programas educativos. En este ámbito, los misioneros han desempeñado un papel destacado, con 20.000 congregacionistas franceses en el extranjero a finales del siglo XIX, 130 misiones de la Church Missionary Society británica en 1862 y 200 sociedades misioneras estadounidenses activas en todo el mundo en 1925. Paralelamente, organizaciones como la Alianza Francesa, la Società Dante Alighieri y la Allgemeiner Schulverein für das Deutschtum im Ausland también han contribuido.

El segundo eje principal de la diplomacia cultural se centra en fomentar los intercambios científicos a través de becas –como el programa Fulbright estadounidense– y la creación de institutos de investigación en el extranjero, como la École française d’Athènes, el Kaiserliche Deutsche Archäologische Institut, el Institut français d’archéologie du Caire o la British School of Archeology in Egypt. A esto se suman programas de intercambio como Erasmus, el más importante de su tipo, con 3 millones de estudiantes y 350.000 profesores participantes entre 1987 y 2013, y un presupuesto actual de alrededor de 25.000 millones de euros.

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Finalmente, el tercer pilar para aumentar el prestigio nacional es la promoción de las artes y la producción escrita en todas sus formas, a través de la organización de exposiciones, conferencias de escritores y giras de artistas (como el teatro Nō en Japón o el Ballet Bolshói en Rusia), así como la promoción de la producción cinematográfica nacional, en la que Italia, Francia, Japón y, especialmente, Estados Unidos han invertido considerablemente.

Con el tiempo y a raíz de los conflictos, que a menudo han actuado como catalizadores, este repertorio de acciones clásicas se ha enriquecido con nuevos vectores, como el deporte (a través de los Juegos Olímpicos de Berlín 1936, Tokio 1964 o Pekín 2008, la Copa Mundial de Fútbol de Qatar 2022 y la de Arabia Saudita 2034, entre otros eventos) y, más recientemente, elementos de la cultura popular, como el manga, los videojuegos, las series de televisión y la K-pop.

En este ámbito, nada es estático. Mientras que Estados Unidos parece haber priorizado en las últimas décadas el hard power sobre el soft power (dos conceptos que el autor critica), otros actores están emergiendo más allá de las fronteras nacionales, como la Unión Europea o las petromonarquías del Golfo. Las nuevas tecnologías, en particular las redes sociales, podrían reconfigurar profundamente la diplomacia cultural tal como se ha conocido hasta ahora, al igual que lo hicieron en el pasado otros medios de comunicación masivos como la prensa escrita, la radio, el cine y la televisión.

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