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La historia ha demostrado que ciertos eventos, incluso aquellos que no implican directamente un atentado, pueden ser utilizados para justificar medidas extremas y consolidar el poder. Ejemplos de esto incluyen el incendio del Reichstag en 1933 y los atentados con bombas en edificios de apartamentos en Rusia durante la década de 1990, atribuidos a grupos chechenos.
