La multifacética y exuberante biodiversidad de Foreste Urbane, plasmada por Nicola Campogrande con una pluma elegante y perspicaz, fue el centro de una primera ejecución absoluta el pasado 4 de diciembre en el Auditorio Paganini de Parma. La obra, un poema sinfónico encargado por la Fondazione Toscanini e inspirado en imágenes de Stefano Mancuso, encapsula mundos sonoros en instantes fugaces, invitando al diálogo y a una reconciliación momentánea, como fragmentos de un todo magmático.
El Auditorio Paganini, con su estructura de cemento y madera enriquecida por el diseño de Renzo Piano, sirvió como escenario y sismógrafo para esta creación. La composición explora cinco lugares –París, Los Ángeles, Parma, Pekín y Medellín– como imanes que revelan un ideal viaje alrededor del mundo, capturando el alma vitalista, los contrastes marcados y las inesperadas oasis de encanto de cada rincón.
La pieza presenta un espectáculo deslumbrante de la humanidad, que se oculta y emerge de la oscuridad orquestal, imitando poses seductoras del pasado. Se rinde homenaje a la nebulosa y ambigua Pekín de Turandot, a la fatal París de los cafés cantantes y a los años febriles de la costa oeste estadounidense, culminando en una evocación, por sustracción, de Medellín, la capital del vicio y el crimen, a través de sonidos secos y ecos de disparos en una atmósfera sorprendentemente despreocupada y alegre, indiferente al dolor que la consume.
Campogrande observa y sublima, sin juzgar ni absolver, limitándose a mostrar la imparable maquinaria que gobierna el mundo y sus leyes inexorables. Bajo la dirección de Marcus Bosh, la Filarmónica Toscanini cumplió con la tarea de traducir el complejo y ambicioso tejido orquestal creado por Campogrande.
En contraste, y siguiendo el hilo conductor de la naturaleza, resonó el amplio y nórdico poema sinfónico Nella foresta de Čiurlionis, en conmemoración de los 150 años de su nacimiento. El horizonte se expandió, y desde la profundidad del bosque, preludiando el fresco beethoveniano de la Pastorale, se vislumbró el infinito que aguardaba al salir de ese laberinto de sombras. Este infinito poseía el sabor salado y punzante de un canto extendido en arcos amplios y anhelantes, que una dirección más aireada y menos didáctica podría haber realzado aún más.
El mismo trazo seco, analítico y ligeramente anticuado en el gusto por el detalle, se percibió en la interpretación de Bosch de la Pastorale de Beethoven. Una lectura precisa que, sin embargo, sacrificó algo de la naturalidad orgánica y la disposición al asombro y al encanto con los que Beethoven desarrolla las escenas de su sinfonía más enigmática. El ritmo rápido, a veces apresurado, impuesto por el director alemán a la narración se detuvo en el umbral de la revelación, velando la pulsación de las cosas, las verdades desarmantes y las múltiples epifanías, como si sobre ese paisaje, real y abstracto a la vez, se percibiera una sombra palpitante, la huella viva e inquieta de las inminentes foreste urbane.
Elide Bergamaschi
