En febrero de 2026 se cumplirán cuatro años desde el inicio de la guerra entre Rusia y Ucrania. Desde el anuncio, el 21 de noviembre pasado, de un plan estadounidense de 28 puntos destinado a poner fin al conflicto, se ha observado una aceleración de las maniobras diplomáticas para intentar alcanzar una resolución. ¿Cómo explicar esta aceleración en el contexto actual? ¿Está vinculada a la situación militar sobre el terreno? ¿A la impaciencia del presidente Trump por poner fin a un conflicto que esperaba resolver más rápidamente? ¿O a su deseo de priorizar la normalización de sus relaciones con Moscú en detrimento de la situación en Ucrania, y, secundariamente, en Europa?
D. Cadier: La aceleración de las maniobras diplomáticas se explica principalmente por la presión de la administración Trump y la impulsividad del presidente estadounidense. Donald Trump, quien durante la campaña presidencial prometió poner fin a la guerra entre Rusia y Ucrania en 24 horas, se impacienta por la falta de resultados. Se involucra en el conflicto de forma intermitente, ejerciendo presión sobre una u otra de las partes, primero sobre Ucrania y luego sobre Rusia, aunque de manera más declarativa, multiplicando los anuncios, ya sean fechas límite incumplidas o desenlaces inminentes que nunca se materializan, antes de parecer desinteresarse y luego volver a involucrarse. Paralelamente, encarga a sus asesores, como el enviado especial Steve Witkoff, el secretario de Estado Marco Rubio, o más recientemente su yerno Jared Kushner, que trabajen en un plan de paz que pueda servir de base para un compromiso, lo que se traduce en una diplomacia de viajes con rusos, ucranianos y europeos. A pesar de un enfoque diplomático poco convencional y una aparente falta de preparación, la administración Trump ha logrado iniciar una dinámica acelerada hacia un intento de resolución del conflicto, lo cual es positivo en sí mismo, pero también conlleva riesgos.
En este contexto, Donald Trump persigue tres objetivos principales. En primer lugar, busca alcanzar un acuerdo a toda costa, independientemente de su contenido. No se preocupa demasiado por los detalles y solo quiere aparecer como el pacificador que puso fin a esta guerra –una más. En segundo lugar, busca desvincular a Estados Unidos del conflicto y transferir los costos a los europeos, o incluso reducir gradualmente el alcance de la implicación estadounidense en la seguridad europea. Presentar este conflicto como “la guerra de Joe Biden”, como Donald Trump hace a menudo en sus discursos y en su comunicación en las redes sociales, es una forma de atacar y denigrar a su predecesor, pero también de eximirse de responsabilidad en relación con este conflicto, especialmente en caso de fracaso de las negociaciones. Finalmente, su último objetivo es normalizar las relaciones con Rusia, en particular para obtener beneficios comerciales.
Evidentemente, otros factores afectan el ritmo y las perspectivas de las negociaciones, como la dinámica militar sobre el terreno o los cambios en la política interna de Ucrania. Los escándalos de corrupción que sacuden a Ucrania desde finales de noviembre y que han provocado la dimisión de dos ministros y del principal asesor del presidente Zelensky, por ejemplo, podrían haber sido vistos por la administración Trump como una oportunidad para obtener más concesiones de una Ucrania internamente debilitada.
