Durante décadas, los libros de texto de odontología han popularizado la idea de que los antiguos egipcios y etruscos fueron pioneros en la ortodoncia, utilizando delicados alambres de oro y tripa de gato para enderezar los dientes. Esta narrativa presentaba a nuestros antepasados como sorprendentemente modernos en su búsqueda de la sonrisa perfecta. Sin embargo, un análisis más exhaustivo de la evidencia por parte de arqueólogos e historiadores dentales ha revelado que gran parte de esta historia es un mito.
Tomemos como ejemplo el puente dental de El-Quatta, proveniente de Egipto y datado alrededor del 2500 a.C. El alambre de oro encontrado junto a los restos antiguos no cumplía la función que se creía. En lugar de alinear los dientes, estos alambres servían para estabilizar dientes flojos o para mantener prótesis en su lugar. En otras palabras, funcionaban como prótesis, no como aparatos de ortodoncia.
Las bandas de oro descubiertas en tumbas etruscas cuentan una historia similar. Probablemente eran férulas dentales diseñadas para sostener dientes debilitados por enfermedades de las encías o lesiones, y no dispositivos para mover los dientes a nuevas posiciones.
Existen razones prácticas convincentes por las que estos dispositivos antiguos no podrían haber funcionado como aparatos de ortodoncia. Las pruebas realizadas en los dispositivos etruscos revelaron que el oro utilizado era 97% puro, y el oro puro es notablemente blando.
Se dobla y estira fácilmente sin romperse, lo que lo hace inútil para la ortodoncia. Los aparatos de ortodoncia funcionan aplicando presión continua durante largos períodos, lo que requiere un metal fuerte y elástico. El oro puro simplemente no puede soportar eso. Intentar tensarlo lo suficiente para enderezar un diente provocaría su deformación o rotura.
Además, resulta curioso saber quiénes usaban estas bandas de oro. Muchas fueron encontradas con los esqueletos de mujeres, lo que sugiere que podrían haber sido símbolos de estatus o joyas decorativas en lugar de dispositivos médicos. Es importante destacar que ninguna fue descubierta en la boca de niños o adolescentes, que es precisamente donde se esperaría encontrarlas si fueran aparatos de ortodoncia genuinos.
Sin embargo, quizás la revelación más fascinante sea que los antiguos no tenían los mismos problemas dentales que enfrentamos hoy en día.
La maloclusión –el apiñamiento y la desalineación de los dientes que es tan común ahora– era extremadamente rara en el pasado. Los estudios de cráneos de la Edad de Piedra muestran casi ningún apiñamiento. La diferencia radica en la dieta.
Nuestros antepasados comían alimentos duros y fibrosos que requerían una masticación seria. Todo ese trabajo de la mandíbula desarrolló mandíbulas fuertes y grandes, perfectamente capaces de acomodar todos sus dientes.
Las dietas modernas, por el contrario, son blandas y procesadas, lo que proporciona poco ejercicio a nuestras mandíbulas. ¿El resultado? Nuestras mandíbulas suelen ser más pequeñas que las de nuestros antepasados, mientras que nuestros dientes permanecen del mismo tamaño, lo que provoca el apiñamiento que vemos hoy en día.
Dado que los dientes torcidos eran prácticamente inexistentes en la antigüedad, apenas había razón para desarrollar métodos para enderezarlos.
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Dicho esto, los antiguos ocasionalmente intentaban intervenciones sencillas para corregir irregularidades dentales. Los romanos proporcionan una de las primeras referencias fiables a un tratamiento de ortodoncia real.
Aulo Cornelio Celso, un escritor médico romano del siglo I d.C., señaló que si un diente de un niño salía torcido, se debía empujarlo suavemente a su lugar con un dedo todos los días hasta que se desplazara a la posición correcta. Aunque básico, este método se basa en el mismo principio que utilizamos hoy en día: una presión suave y continua puede mover un diente.
Después de la época romana, no se produjeron muchos avances durante siglos. Sin embargo, en el siglo XVIII, el interés por enderezar los dientes revivió, aunque a través de métodos bastante dolorosos.
Aquellos que no tenían acceso a herramientas dentales modernas recurrían a cuñas de madera “de hinchazón” para crear espacio entre los dientes apiñados. Se insertaba una pequeña cuña de madera entre los dientes. A medida que la saliva era absorbida, la madera se expandía, forzando a los dientes a separarse. Quizás crudo y excruciante, pero representaba un paso hacia la comprensión de que los dientes podían ser reposicionados mediante presión.
Ortodoncia científica
La ortodoncia científica real comenzó con el trabajo del dentista francés Pierre Fauchard en 1728. A menudo llamado el padre de la odontología moderna, Fauchard publicó un libro fundamental de dos volúmenes, El Cirujano Dentista, que contenía la primera descripción detallada del tratamiento de las maloclusiones.
Desarrolló el “bandeau” –una tira de metal curva que se enrollaba alrededor de los dientes para ensanchar el arco dental–. Esta fue la primera herramienta diseñada específicamente para mover los dientes utilizando una fuerza controlada.
Fauchard también describió el uso de hilos para sostener los dientes después de reposicionarlos. Su trabajo marcó el cambio crucial de los mitos antiguos y los experimentos dolorosos a un enfoque científico que finalmente condujo a los aparatos de ortodoncia modernos y las férulas transparentes.
Con los avances en la odontología durante los siglos XIX y XX, la ortodoncia se convirtió en una especialidad. Los brackets metálicos, los arcos, las gomas y finalmente el acero inoxidable hicieron que el tratamiento fuera más predecible.
Las innovaciones posteriores –brackets de cerámica, brackets linguales y férulas transparentes– hicieron que el proceso fuera más discreto. Hoy en día, la ortodoncia emplea escaneos digitales, modelos informáticos e impresión 3D para una planificación del tratamiento notablemente precisa.
La imagen de los antiguos luciendo aparatos de ortodoncia de oro y tripa de gato es ciertamente atractiva y dramática, pero no coincide con la evidencia.
Las civilizaciones antiguas eran conscientes de los problemas dentales e intentaban soluciones sencillas en ocasiones. Sin embargo, no tenían ni la necesidad ni la tecnología para mover los dientes como lo hacemos ahora.
La verdadera historia de la ortodoncia no comienza en el mundo antiguo, sino con los avances científicos del siglo XVIII y posteriores, una historia que es lo suficientemente fascinante sin los mitos.
