Cuarenta años después del desastre nuclear de Chernóbil en Ucrania, un estudio genético publicado en la revista Genes revela que los perros que viven junto a la antigua central nuclear presentan variaciones en su ADN vinculadas con la selección natural, un hallazgo que abre nuevos interrogantes sobre la adaptación en entornos contaminados.
Las diferencias genéticas entre los perros de la central y los de la ciudad
El trabajo científico, liderado por especialistas de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, examinó el material genético de los animales que habitan en la Zona de Exclusión de Chernóbil. Los investigadores compararon esas muestras con las de perros que viven en la ciudad de Chernóbil —situada a unos 16 kilómetros de distancia—, así como con poblaciones de Europa del Este y de las islas Galápagos. Los resultados mostraron que las dos poblaciones locales presentan una marcada diferenciación a pesar de su proximidad geográfica.
Durante el análisis, el equipo detectó más de 100 regiones en el genoma con señales compatibles con un proceso de selección natural. Esos puntos específicos del ADN se relacionan directamente con funciones biológicas fundamentales, tales como la reparación del material genético, el funcionamiento del sistema inmunitario y la supervivencia celular. La investigación estuvo encabezada por especialistas de la Universidad Estatal de Carolina del Norte, en Estados Unidos, con la participación de la bióloga Megan Dillon, investigadora posdoctoral de la Facultad de Medicina Veterinaria de dicha institución, junto con científicos de la Universidad de Carolina del Sur, la Universidad de Columbia y Visiting Veterinarians International.
El debate sobre el origen de los cambios genéticos
A pesar de la magnitud del descubrimiento, los autores del estudio y otros expertos de la comunidad científica insisten en la cautela a la hora de interpretar los datos. La investigación no demuestra que la radiación u otros contaminantes hayan modificado directamente el ADN de los animales. En su lugar, los datos apuntan a que el ambiente extremo de la zona pudo haber favorecido la supervivencia de aquellos ejemplares que ya portaban ciertas variantes hereditarias ventajosas.

En relación con esto, Timothy Mousseau, investigador adscrito a la Universidad de Carolina del Sur, señaló que las tonalidades observadas no obedecían a mutaciones ni a un proceso de adaptación evolutiva ante la radiación, sino al contacto directo con dicho residuo; asimismo, advirtió que en la zona también se registran concentraciones elevadas de metales pesados y otros compuestos tóxicos capaces de incidir en la evolución de la fauna, aunque este factor no se ha podido demostrar de manera definitiva.
Los interrogantes pendientes y el control de la población
El estudio de la población canina que sobrevivió al desastre de 1986 continúa generando debates en la comunidad científica sobre la velocidad con la que los animales pueden responder a presiones ambientales extremas. De acuerdo con las cifras aportadas por el Comité Científico de las Naciones Unidas para el Estudio de los Efectos de las Radiaciones Atómicas (UNSCEAR), la retirada de los habitantes tras el estallido del reactor en 1986 propició la permanencia de grupos de animales en la zona afectada, un suceso que obligó al desplazamiento de más de 135.000 ciudadanos procedentes de Ucrania y Bielorrusia.

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