Con entusiasmo y energía, visible tras sus gafas, Maria, de 55 años, lleva once años ensamblando motores para Renault en Cléon, cerca de Rouen. La planta estaría a punto de iniciar la fabricación de motores para nuevos drones militares franceses. “Estoy dispuesta”, afirma al finalizar su turno matutino bajo el sol normando, refrescado por el viento frío de febrero. “Estaría orgullosa de contribuir al futuro de nuestra seguridad, pero lo que realmente importa es el empleo; es necesario diversificarse”, puntualiza al coincidir con el cambio de equipo.
Este último argumento es el que más peso tiene entre los trabajadores consultados a las puertas de la fábrica. La preservación de la actividad productiva es una prioridad mayor que el esfuerzo bélico, un tema que apenas interesa a los encuestados. “La industria automotriz no está en buen momento y nuestras líneas de motores térmicos están amenazadas. Una actividad como esta podría asegurar su continuidad. Se trata de una de las últimas fábricas de motores en el país. Todo se deslocaliza, excepto la defensa”, explica Anthony, de 48 años, quien trabaja en la implementación de nuevos proyectos y considera que podría verse afectado.
