Resurrección y Vida: Reflexión para Cuaresma

by Editor de Mundo

¿Lo creerías?

Queridos hermanos, paz y bien.

Este tiempo de Cuaresma nos ha conducido a un mayor conocimiento de Jesús. Hemos sido testigos de su tentación y de su victoria sobre ella; lo hemos visto revestido de gloria, escuchando el testimonio del Padre que lo revela como su amado hijo; lo hemos contemplado como un aguador que nos ofrece el agua viva, la única capaz de saciar nuestra sed; lo hemos reconocido como el portador de la luz, la luz del mundo que disipa nuestras tinieblas y abre nuestros ojos. Hoy, se revela una dimensión aún más profunda de su persona.

El episodio del ciego de nacimiento ya anticipaba, en cierto modo, esta escena. El joven ciego sufría una muerte localizada en sus pupilas, que no estaban simplemente enfermas, sino muertas. Jesús las unge con barro y le indica que se lave en la piscina de Siloé, y así recupera la vista, experimentando una resurrección limitada. Sin embargo, Lázaro experimentaba la muerte en todo su ser, requiriendo una resurrección completa.

¿Qué significa confesar que Jesús es Señor? Implica, entre otras cosas, reconocer su poder sobre la muerte, su dominio sobre ella, y la extensión de su señorío hasta ese límite final. El Señor se manifiesta aquí de manera suprema: es el que irrumpe en las tumbas. Si la última obra de misericordia corporal que nos propone el catecismo es enterrar a los muertos, ahora conocemos la última obra de misericordia de Dios: desenterrar a los muertos, ser ladrón de tumbas.

El camino de Cuaresma no nos ha invitado únicamente a un conocimiento teórico del Señor, sino a una relación real, a una relación de fe. Jesús mismo nos lo dice: «Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá». ¿Cómo vivir la fe? ¿Cómo ejercerla en relación con Él? Creer es ser sus discípulos, acoger su palabra y su mandamiento; es reconocerlo como el rostro de Dios, la manifestación del amor divino; es descansar en Él nuestra vida, vivir unidos a Él como las ramas al árbol, permitiendo que su vida fluya hacia nosotros y nos haga florecer y dar fruto, porque sin Él no podemos hacer nada, ni ser nada.

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Es crucial insistir en esto, pues es donde se revela todo el misterio y la verdad de Jesús. La resurrección de Lázaro es un signo que nos revela quién es Jesús para nosotros. La Escritura también relata la resurrección de un niño por Eliseo y una historia similar sobre el apóstol Pablo. Sin embargo, Eliseo y Pablo eran hombres de Dios, un profeta y un apóstol, respectivamente. Jesús es mucho más: es la resurrección y la vida. En ningún otro podemos encontrarla. Por eso, nuestra relación con Él es una relación de fe, una comunión que fortalece nuestro ser y permite que nuestra vida venza su fragilidad, su condición efímera. Esta relación nos hace participar en el mismo ser de Dios. Jesús es la Vida de nuestra vida.

El camino de Cuaresma también nos ha invitado a la vida de oración. Hoy aprendemos una forma sencilla de orar. Las hermanas de Lázaro envían un mensaje a Jesús, diciéndole simplemente: «tu amigo está enfermo». Con estas pocas palabras, lo dicen todo. Él necesita pocas palabras de nosotros, basta con que broten de nuestro interior. Podemos sentir que el Señor nos guarda silencio como respuesta, tal como pudieron pensar Marta y María. Sigamos confiando en Él, sin encerrarnos en la decepción, la amargura o el resentimiento. No lo rechacemos, ni en secreto ni en público. No lo eliminemos de nuestra vida como una palabra vacía e inútil. Dejemos que Él determine el momento de responder a nuestras preguntas y peticiones. El calendario de nuestras vidas está en manos de Dios, que fije las fechas.

Jesús mismo se revela como un orante en presencia del Padre. Su palabra manifiesta la comunión y la confianza que tiene en Él. Antes de que se cumpla el signo, Jesús dice: «Padre, te doy gracias porque me has escuchado; yo sé que tú me escuchas siempre». Orar, en esencia, es prepararnos para recibir lo que Dios espontáneamente quiere darnos. El Padre siempre escucha, incluso ahora, en su condición gloriosa, intercediendo continuamente por nosotros ante Él. El Padre nos escucha si oramos en Él, desde Él y con Él.

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Es importante prestar atención al llanto de Jesús. El cristiano no debe dudar de que la muerte es el nacimiento a una nueva vida, pero cuando un amigo o un familiar se va, es inevitable llorar. Sabemos que la muerte no es el final del camino, que nuestro ser querido está ya con Dios, libre de ataduras terrenales, pero sentimos tristeza por la separación temporal.

Existen dos tipos de llanto. Uno, sin fin y desconsolado, nace de la creencia de que no hay nada más después de la muerte, que todo termina aquí. El otro, como el llanto de Jesús ante la tumba de Lázaro, es sereno y digno, sabiendo que encontrará consuelo. Este es el llanto cristiano.

Tras expresar sus emociones, Jesús pide que retiren la piedra. Es una orden dirigida a la comunidad y a todos aquellos que creen que el mundo de los vivos está separado del de los muertos, sin comunicación posible. Quien cree en el Hijo de Dios Resucitado sabe que todos están vivos, aunque de manera diferente. Todas las barreras han sido eliminadas en la Pascua, permitiéndonos pasar de un mundo al otro sin morir. La oración que Jesús dirige al Padre es una petición de luz para aquellos que lo rodean, para que comprendan el profundo significado del signo que está a punto de realizar y lleguen a creer en Él, el Señor de la Vida.

En el Evangelio se insinúan dos resurrecciones que se operan ante la palabra de Cristo: la de Lázaro y la de Marta:

– La de Lázaro. Jesús abrió su sepulcro, anunciándonos que también abrirá el nuestro. Él puede sacar a cualquier persona de su sepulcro, ya sea material, psicológico o espiritual… La última palabra no la tiene la muerte, sino la vida.

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– La resurrección de Marta se relaciona con la dimensión espiritual. Como ella, podemos estar muertos antes de morir, por la tristeza, el desencanto o el desánimo… Pero lo que más nos mata es la falta de amor, que es falta de fe, porque «quien no ama no ha conocido a Dios», por mucho que sepa teología…. Amar es conocer a Dios. Marta fallaba en la fe, estaba muriendo. Pero al escuchar la Palabra poderosa de Cristo resucitó: «Sí, Señor, yo creo.” Y todo se llenó de esperanza y todo empezó a ser nuevo. 

Este domingo recibimos este anuncio. No somos la resurrección y la vida, pero podemos vivir como resucitados. Hoy se nos anuncia una vez más la esencia del mensaje del Señor: sólo triunfa el amor.

Vuestro hermano en la fe, Alejandro, C.M.F.

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