Una nueva investigación científica refuerza con datos concretos la idea de que las famosas piedras de Stonehenge —y, en particular, las llamadas “bluestones” y la Altar Stone— no fueron depositadas en el lugar por acción natural de glaciares durante la última Era de Hielo, sino que fueron transportadas intencionalmente por personas hace alrededor de 5.000 años.
Durante décadas, arqueólogos y geólogos han debatido dos explicaciones principales sobre cómo las pesadas piedras neolíticas terminaron en la Llanura de Salisbury, al sur de Inglaterra: una hipótesis sostenía que estos megálitos fueron arrastrados por glaciares durante períodos glaciares, llegando a la región de forma casi “casual”; la otra sugería que comunidades humanas prehistóricas deliberadamente las movieron a grandes distancias, a pesar de la enorme dificultad que implicaba hacerlo con tecnologías rudimentarias.
El nuevo estudio utilizó un enfoque llamado “mineral fingerprinting” (huella digital mineral), en el que se analizaron microscópicos granos de minerales, como el zirconio y la apatita, presentes en los sedimentos de los ríos alrededor de Stonehenge. Estos minerales funcionan como registros geológicos: preservan la firma de su origen porque se forman hace millones o miles de millones de años y contienen información sobre dónde se generaron.
Pedras de Stonehenge
El análisis de cientos de estos granos indicó que no hay evidencia mineralógica de que los glaciares hayan alcanzado la Llanura de Salisbury durante la última glaciación. Si los glaciares hubieran transportado los megálitos desde áreas distantes como las Preseli Hills, en Gales, o terrenos al norte como Escocia —lugares donde se originan algunas de las piedras de Stonehenge—, entonces las partículas resultantes de ese transporte glacial deberían dejar marcas distintas en los sedimentos locales. Sin embargo, estas firmas simplemente no fueron encontradas en el registro sedimentario de la región.
Los datos revelaron que las edades de los granos de zirconio presentes en los sedimentos del área son consistentes con rocas locales o eventos geológicos del sur de Inglaterra, y no con las fuentes distantes de las rocas de Stonehenge. Esta ausencia de evidencia de transporte por hielo sugiere que la idea de que los glaciares habrían dejado las piedras en el lugar antes de cualquier construcción humana es altamente improbable a la luz de las nuevas mediciones.
La conclusión del estudio es clara: Stonehenge no recibió sus piedras por casualidad a través de la acción natural de los glaciares, sino porque los pueblos neolíticos las movieron activamente hasta allí, en un esfuerzo colectivo notable que implicó transportar bloques que pesaban varias toneladas a lo largo de decenas o incluso cientos de kilómetros.
La forma exacta en que las comunidades neolíticas lograron esta hazaña sigue siendo objeto de debate. Posibilidades sugeridas por los investigadores incluyen el uso de madera, trineos, cuerdas y rutas terrestres o acuáticas, aunque ninguna técnica ha sido atestiguada directamente en los registros arqueológicos, y la logística de estos métodos sigue siendo uno de los grandes enigmas de la arqueología experimental.
