El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, declaró este miércoles en Davos que no recurrirá a la fuerza para adquirir Groenlandia, aunque esta afirmación se matiza con su conocida imprevisibilidad. Si bien esto podría evitar un alivio inmediato entre sus aliados de la OTAN, la declaración en sí misma fue percibida como una demostración de poder y una clara manifestación de su intención de imponer un equilibrio de fuerzas favorable a sus intereses.
La política de “America First” –en lo económico, financiero, civilizacional y militar– se manifiesta en una diplomacia transaccional con un tono abiertamente autoritario: “tienen la opción de decir sí o no, y lo recordaremos”. Independientemente de las inexactitudes históricas sobre la presencia estadounidense en el Gran Norte, la OTAN, o su visión sesgada de un mundo en el que Estados Unidos debería cubrir los costos de todos, sin reconocimiento alguno a sus socios, la estrategia de Trump ignora la colaboración.
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El mandatario estadounidense ha recurrido a su arma predilecta –los aranceles– para presionar a los europeos, aparentando respeto mientras los menosprecia por lo que representan y por su negativa a someterse a sus deseos. El Viejo Continente ha reaccionado con indignación, acusando a Trump de socavar el multilateralismo que ha estructurado el derecho y las relaciones internacionales durante las últimas siete décadas. Sin embargo, el presidente MAGA no es más que una nueva manifestación de un orden mundial emergente donde actores agresivos como él avanzan sus piezas con audacia y cinismo.
Europa, ayer, no estaba preparada para este nuevo escenario. La pregunta ahora es si se resignará o, siguiendo el ejemplo de un Emmanuel Macron a la vanguardia, se atreverá a resistir las ambiciones del inquilino de la Casa Blanca. Los europeos están, en cualquier caso, advertidos sobre Groenlandia: mañana podría llegar una doble sanción, con la imposición de aranceles y la suspensión del apoyo estadounidense a Ucrania.
