La historia de Francisco, un niño mozambiqueño de 11 años, pone de manifiesto los desafíos en el diagnóstico de la tuberculosis (TB) en la infancia. Tras ocho meses de síntomas como pérdida de apetito y debilidad, y tras ser inicialmente diagnosticado sin enfermedad, finalmente se confirmó que Francisco padecía tuberculosis resistente a los medicamentos en marzo de 2025.
Su caso no es aislado. Según estimaciones de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de un millón de niños contraen tuberculosis cada año, pero casi la mitad no reciben diagnóstico ni tratamiento. A diferencia de la tuberculosis en adultos, en niños la enfermedad suele presentarse de forma atípica, con síntomas variables como fiebre, pérdida de peso e infecciones recurrentes, lo que dificulta su identificación.
Expertos de Médicos Sin Fronteras (MSF) señalan que las pruebas diagnósticas actuales no están optimizadas para niños, ya que requieren muestras de esputo de calidad, difíciles de obtener en la población infantil. De hecho, MSF estima que nueve de cada diez niños que fallecen por tuberculosis no tienen acceso al tratamiento debido a un diagnóstico tardío. Incluso con mejoras en las técnicas de laboratorio, solo se diagnosticaría el 25% de los casos infantiles.
Para acelerar los diagnósticos, la OMS promueve desde 2022 el uso de nuevos algoritmos clínicos que combinan síntomas, factores de riesgo y, cuando sea posible, pruebas de imagen como radiografías. Investigaciones recientes en cinco países africanos demuestran que estos algoritmos pueden casi duplicar el número de niños diagnosticados.
La tuberculosis sigue siendo la enfermedad infecciosa más mortífera a nivel mundial, con 10,7 millones de casos y 1,23 millones de muertes en 2024. Los niños son especialmente vulnerables, con 1,2 millones de casos estimados, pero solo 685.000 notificados. La situación es aún más preocupante en menores de cinco años, donde solo uno de cada dos recibe atención y diagnóstico.
Tenemos más medicamentos para la impotencia o la calvicie que para la tuberculosis
Daniel Martínez-García, experto en tuberculosis de MSF
Los algoritmos clínicos representan una solución, especialmente en entornos con recursos limitados. Estos guían a los profesionales sanitarios a sospechar y tratar la tuberculosis infantil basándose en una puntuación obtenida a partir de síntomas y factores de riesgo, pudiendo incluso iniciar el tratamiento sin confirmación de laboratorio en casos sospechosos.
Sin embargo, el desafío va más allá del diagnóstico. La tuberculosis está estrechamente ligada a la pobreza, el hacinamiento y la desnutrición, y la falta de atención se refleja en la escasa inversión en investigación. Expertos lamentan que existan más recursos destinados a enfermedades menos prevalentes que a la tuberculosis, una enfermedad que sigue siendo una amenaza global.
Diagnóstico tardío: una amenaza para la vida
Una investigación publicada en The Lancet demostró que el uso de algoritmos en hospitales de Uganda y Zambia permitió iniciar tratamiento en un mayor número de niños con desnutrición aguda, un grupo de alto riesgo. Proyectos similares en Burkina Faso y la República Democrática del Congo han registrado aumentos significativos en las notificaciones de casos de tuberculosis infantil tras la implementación de estos algoritmos.
Mientras sigamos dejando fuera a los niños en la investigación y el desarrollo de herramientas, seguiremos llegando tarde al diagnóstico
Mohammed Yassin, asesor sénior de tuberculosis del Fondo Mundial
El diagnóstico tardío puede tener consecuencias fatales, ya que la tuberculosis progresa más rápidamente en niños y puede provocar complicaciones graves. Además, existe cierta reticencia a sobrediagnosticar debido a la duración y los posibles efectos secundarios de los tratamientos. Se espera que la OMS valide pronto un sistema de detección temprana basado en inteligencia artificial para niños, lo que permitiría una identificación más rápida y precisa de la enfermedad.
En definitiva, la lucha contra la tuberculosis infantil requiere un enfoque integral que combine mejores diagnósticos, nuevas herramientas y un mayor acceso al tratamiento, así como una mayor inversión en investigación y una atención prioritaria a los grupos más vulnerables.
