Ali Domrongchai, editora de The Kitchn y colaboradora de Wine Enthusiast, sugiere que muchos jóvenes de la Generación Z podrían estar perdiendo los beneficios de una tradición ancestral: compartir una botella de vino. En un artículo publicado en Wine Enthusiast, Domrongchai explica que esta práctica está disminuyendo entre su generación por diversas razones, siendo la principal que los jóvenes beben menos que las generaciones anteriores.
Sin embargo, Domrongchai plantea que quienes se centran en los beneficios para la salud de la abstinencia podrían estar pasando por alto los beneficios de la conexión social. Abrir una botella de vino implica dedicar tiempo a la compañía, prolongar la velada y disfrutar de un momento más pausado, algo que podría no encajar con una “cultura obsesionada con la optimización”.
Domrongchai, quien entrevistó a varios jóvenes de veinte años y a expertos como el educador de vinos Tyler Balliet, lamenta esta tendencia. Balliet afirma: “Si estás sentado compartiendo una botella de vino con alguien, puedes concentrarte en esa persona, no en tu teléfono, no en la habitación, en ellos”. Además, una copa de vino puede ayudar a relajarse y abrirse, y los pequeños rituales que implica –como rellenar la copa o compartir el último sorbo– fomentan la intimidad a través de la atención mutua, según explica Domrongchai. La autora ve en todo esto una oportunidad para experimentar algo poco común en la actualidad: “la disposición a reducir la velocidad y disfrutar del momento”.
