La influyente artista japonesa Yayoi Kusama falleció el 14 de agosto en un hospital de Tokio a los 97 años, según confirmaron el Museo Yayoi Kusama y la Fundación Yayoi Kusama. Célebre por sus icónicas habitaciones de espejos y sus patrones de lunares, continuó creando y pintando hasta sus últimos días.
La noticia de la muerte de la reconocida creadora, considerada una de las figuras más destacadas del arte contemporáneo, fue anunciada este jueves por las instituciones que custodian su legado en Japón. Aunque las entidades no detallaron la causa exacta de su fallecimiento, destacaron su incansable labor artística hasta el final de su vida.
Una trayectoria marcada por las alucinaciones y la vanguardia
Nacida el 22 de marzo de 1929 en Matsumoto, Japón, la artista desarrolló desde la infancia un lenguaje visual profundamente personal. Las alucinaciones que experimentaba de niña, en las que veía patrones de redes y puntos cubriendo su entorno, se convirtieron en la materia prima de una carrera que abarcó más de siete décadas entre pintura, escultura, instalaciones, performance, narrativa y poesía.
Durante la Segunda Guerra Mundial, pasó parte de su juventud en una fábrica cosiendo paracaídas para el ejército japonés, según los registros biográficos de la institución Smithsonian.
Las obras globales que definieron su universo inmersivo
Su impacto visual trascendió las fronteras del circuito tradicional de galerías para convertirse en un fenómeno cultural masivo. Entre sus creaciones más icónicas destacan las célebres habitaciones de espejos, espacios cerrados con superficies reflectantes y luces LED diseñados para disolver los límites del espacio y materializar sus visiones infantiles bajo el concepto de auto-obliteración.

El reconocimiento global se consolidó de manera definitiva cuando representó a Japón en la Bienal de Venecia, transformando el pabellón nacional en un paisaje espejado de calabazas amarillas con lunares luminosos. Años después, exposiciones retrospectivas como la presentada en el Centro Pompidou de París en 2011 o el fenómeno de asistencia que rompió récords en 2017 en el Museo Hirshhorn de Washington D.C., ratificaron su estatus como un ícono popular.
Sarah Loyer señaló a través de la revista Smithsonian que la demanda era similar a conseguir entradas para un concierto.
El valor sostenido de su mercado y su presencia en las grandes capitales
El fervor en torno a su obra también se refleja en el ámbito comercial. Recientemente, una subasta de arte moderno y contemporáneo organizada por Poly Auction incluyó piezas clave de la creadora japonesa, alcanzando cifras destacadas como los 12 millones de dólares locales pagados por un lienzo de calabaza de 1991.

Su legado urbano también dejó huella en ciudades como París, donde colaboraciones monumentales con la casa Louis Vuitton llevaron esculturas gigantes a la fachada de los Campos Elíseos y frente al Sena, mientras que en la Plaza Vendôme se exhibió una calabaza inflable de diez metros de altura titulada La vida de la calabaza recita, todo sobre el amor más grande hacia la gente.
Desde la década de 1970, la artista residió y trabajó de forma voluntaria en un centro psiquiátrico de Tokio, desde donde continuó produciendo el repertorio visual que la convirtió en una de las creadoras más cotizadas y reconocidas de la historia contemporánea.
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