Un deportivo con un motor de cinco litros, generalmente de gasolina, podría no parecer la opción más racional. Sin embargo, la sexta generación del Ford Mustang demuestra que incluso un automóvil técnicamente interesante puede ser una inversión segura.
La sexta generación del Ford Mustang, internamente conocida como S550, representa un punto de inflexión fundamental en la historia del modelo. La generación anterior, la S197, mantuvo hasta 2014 el carácter de un clásico moderno con un eje trasero rígido, una conducción enérgica y un interior que recordaba más a un vehículo de trabajo que a los estándares globales.
La generación S550, que analizaremos en detalle, se desarrolló con la clara intención de que el Mustang fuera, por primera vez en su historia, un automóvil para todos los mercados importantes del mundo. Esto implicó acercarse a las exigencias europeas en términos de manejo, confort y cultura tecnológica, sin perder la identidad esencial del vehículo. ¿Lo logró Ford?
Un cambio crucial en la sexta generación del Mustang fue la adopción de una suspensión trasera multi-enlace, que reemplazó definitivamente al eje rígido. Esto elevó al Mustang de la categoría de «corredor de corto aliento» a un deportivo de pleno derecho, capaz de desenvolverse tanto en carreteras técnicas como en circuitos. La experiencia práctica ha demostrado que este cambio fue un acierto para Ford: el chasis de la sexta generación no solo es más predecible y estable, sino que también exhibe una excelente durabilidad mecánica tanto en el uso diario como en la conducción deportiva.
En general, la suspensión trasera multi-enlace es incluso más resistente que el eje rígido anterior del Mustang de quinta generación. Además, en la suspensión delantera, con el tiempo, solo se desgastan piezas comunes como las rótulas de dirección o los brazos inferiores. Estas reparaciones, sin embargo, tienen un coste comparable al de los vehículos europeos de gama media y no representan un riesgo financiero significativo.
