¿Por qué tendemos a posponer tareas, desde las labores domésticas hasta el simple hecho de iniciar un proyecto importante, optando en cambio por navegar en redes sociales? La respuesta podría encontrarse en el funcionamiento de un circuito cerebral específico, según una reciente investigación.
Un estudio liderado por Ken-ichi Amemori, neurocientífico de la Universidad de Kioto, se propuso analizar los mecanismos cerebrales que disminuyen nuestra motivación ante tareas que implican estrés, castigo o incomodidad. Para ello, los investigadores diseñaron un experimento con macacos, un modelo ampliamente utilizado para comprender los procesos de toma de decisiones y motivación en el cerebro.
Los científicos trabajaron con dos macacos a los que se les enseñó a realizar diversas tareas de toma de decisiones. En una primera fase, tras un período de restricción de agua, los animales podían activar una de dos palancas que liberaban diferentes cantidades de líquido: una opción ofrecía una recompensa menor y la otra, una mayor. Este ejercicio permitió evaluar cómo el valor de la recompensa influye en la disposición a realizar una acción.
En una etapa posterior, se introdujo un elemento desagradable en el diseño experimental. A los macacos se les dio la opción de beber una cantidad moderada de agua sin consecuencias negativas o beber una cantidad mayor a cambio de recibir una ráfaga de aire en la cara. Aunque la recompensa era mayor en la segunda opción, implicaba una experiencia incómoda.
Como anticiparon los investigadores, la motivación de los macacos para completar la tarea y acceder al agua disminuyó considerablemente cuando se introdujo el estímulo adverso. Este comportamiento permitió identificar un circuito cerebral que actúa como un freno a la motivación ante situaciones potencialmente negativas. En particular, se observó la participación de la conexión entre el estriado ventral y el pálido ventral, dos estructuras ubicadas en los ganglios basales del cerebro, conocidas por su papel en la regulación del placer, la motivación y los sistemas de recompensa.
El análisis neuronal reveló que, cuando el cerebro anticipa un evento desagradable o un posible castigo, el estriado ventral se activa y envía una señal inhibitoria al pálido ventral, que normalmente es responsable de impulsar la intención de realizar una acción. En otras palabras, esta comunicación reduce el impulso de actuar cuando la tarea está asociada con una experiencia negativa.
La conexión cerebral detrás de la procrastinación
Para investigar el papel específico de esta conexión, tal como se describe en el estudio publicado en la revista Current Biology (http://dx.doi.org/10.1016/j.cub.2025.12.035), los investigadores utilizaron una técnica quimogenética que, mediante la administración de un fármaco especializado, interrumpió temporalmente la comunicación entre las dos regiones cerebrales. Al hacerlo, los macacos recuperaron la motivación para iniciar las tareas, incluso en aquellas pruebas que implicaban la ráfaga de aire.
Es importante destacar que la sustancia inhibidora no produjo cambios en las pruebas donde la recompensa no iba acompañada de un castigo. Este resultado sugiere que el circuito EV-PV no regula la motivación de forma general, sino que se activa específicamente para suprimirla cuando existe una expectativa de incomodidad. En este sentido, la apatía hacia las tareas desagradables parece desarrollarse gradualmente a medida que se intensifica la comunicación entre estas dos regiones.
Más allá de explicar por qué las personas tienden a resistirse inconscientemente a comenzar las tareas del hogar u otras obligaciones incómodas, los hallazgos tienen implicaciones relevantes para comprender trastornos como la depresión o la esquizofrenia, en los que los pacientes a menudo experimentan una pérdida significativa de la motivación para actuar.
Sin embargo, Amemori enfatiza que este circuito cumple una función protectora esencial. “El exceso de trabajo es muy peligroso. Este circuito nos protege del agotamiento”, comentó en declaraciones recogidas por Nature. Por lo tanto, advierte que cualquier intento de modificar externamente este mecanismo neuronal debe abordarse con precaución, ya que se necesita más investigación para evitar interferir con los procesos protectores naturales del cerebro.
Este artículo apareció originalmente en WIRED en Español y ha sido traducido del español.
