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Los contadores no favorecen la valoración de activos que no se expresen en términos monetarios. Esta preferencia conduce a prácticas contables que, en algunos casos, pueden considerarse artificiales, como la distribución del costo de depreciación a lo largo del tiempo.
La necesidad de asignar un valor monetario a todo implica que se recurra a métodos de cálculo que, si bien cumplen con los requisitos contables, pueden no reflejar la realidad económica subyacente.
