Una macrocaracterización que abarca a más de 4,2 millones de personas revela que la actividad física en el tiempo libre reduce el riesgo de demencia, mientras que el trabajo físico intenso se asocia con un incremento en dicho riesgo, según una revisión sistemática publicada en The Lancet Public Health.
El contexto en el que una persona se mueve determina el impacto de la actividad física sobre la salud cerebral. Durante años, la medicina ha asumido que cualquier forma de ejercicio o movimiento corporal suma beneficios de manera uniforme para el organismo. Sin embargo, un nuevo análisis exhaustivo demuestra que el ejercicio voluntario y la labor profesional producen efectos diametralmente opuestos sobre el cerebro a lo largo de los años.
Diferencias entre el ejercicio recreativo y las exigencias del entorno laboral
La investigación analizó 74 estudios de cohortes y de casos y controles publicados, abarcando a más de 4,2 millones de participantes de 45 a 93 años en 30 países. Los datos muestran que las actividades de tiempo libre como caminar, correr, nadar, montar en bicicleta o practicar deportes reducen de forma sustancial el riesgo de deterioro cognitivo global, de la enfermedad de Alzheimer y de la demencia vascular. Participantes fueron seguidos por una mediana de 10 años, durante la cual los investigadores rastrearon diagnósticos de demencia de todas las causas, enfermedad de Alzheimer y demencia vascular.
En contraste, el trabajo físico pesado se vincula a un aumento de la probabilidad de desarrollar estas patologías. Las conclusiones desafían la arraigada suposición de que cada movimiento cuenta para la salud cerebral, indicó Natan Feter, autor principal del estudio, investigador postdoctoral en el Evolutionary Biology of Physical Activity Lab de la Universidad del Sur de California (USC) y del Programa de Posgrado en Epidemiología de la Universidad Federal de Río Grande del Sur en Brasil, a través de declaraciones difundidas por la institución académica.
Las conclusiones desafían la arraigada suposición de que ‘cada movimiento cuenta’ para la salud cerebral. — Natan Feter
El trasfondo médico de la paradoja de la actividad física en la demencia
El fenómeno analizado traslada al ámbito neurológico la denominada paradoja de la actividad física, un concepto bien documentado en la investigación cardiovascular que describe cómo los empleos físicamente demandantes no aportan las mismas ventajas protectoras que el ejercicio recreativo y pueden incrementar la vulnerabilidad frente a determinadas dolencias. El equipo de investigación estuvo liderado por David Raichlen, profesor de Ciencias Biológicas y Antropología del USC Dornsife College of Letters, Arts and Sciences.
Especialistas del University College London que participaron en el análisis editorial de la investigación explicaron que el movimiento laboral en sí mismo no genera toxicidad en las células cerebrales. Mika Kivimäki y Mark Hamer, ambos del University College London, señalaron en un editorial adjunto que las profesiones que exigen una alta actividad física suelen ser ocupaciones manuales desempeñadas por trabajadores con un nivel educativo inferior, menores oportunidades de trabajo cognitivamente estimulante, mayor exposición a agentes neurotóxicos y una mayor prevalencia de tabaquismo y otros factores de riesgo en comparación con empleados de ocupaciones de cuello blanco.
Mecanismos biológicos y sociales que modulan el riesgo cognitivo
Por el contrario, el ejercicio practicado durante el ocio suele ser autogestionado, se realiza a intensidades placenteras y se combina frecuentemente con la interacción social o la reducción del estrés. Los deportes en pareja o en equipo combinan la actividad física con el compromiso cognitivo, lo que podría reducir el aislamiento social en la vejez, el cual es en sí mismo un factor de riesgo para el deterioro cognitivo.
Pese a la magnitud de la muestra analizada, los científicos recuerdan que los meta-análisis de estudios observacionales de actividad física de tiempo libre siguen siendo susceptibles a la causalidad inversa. Los individuos clasificados como físicamente inactivos, particularmente en estudios con un seguimiento relativamente corto, podrían estar ya en la fase preclínica de la demencia, advirtieron Kivimäki y Hamer. El deterioro cognitivo emergente, la apatía y las alteraciones del ritmo circadiano pueden reducir la actividad física en el tiempo libre mucho antes del diagnóstico clínico.