En una gélida y soleada mañana de diciembre, el salón de la novelista india Kiran Desai se presentaba como un remanso de paz en el bullicio de Nueva York. Un silencio merecido, considerando su ubicación en Jackson Heights (Queens), un barrio vibrante donde se hablan más de 160 idiomas.
Desai se mudó de Dumbo, Brooklyn, antes de la pandemia, desplazada por la gentrificación y sus “rascacielos y condominios de cristal”. Entre la cocina y su habitación, rodeada de las cinco mil páginas de notas que acumuló durante su escritura, finalizó La soledad de Sonia y Sunny, una novela monumental de estilo decimonónico que le llevó casi dos décadas. La obra fue aclamada en Estados Unidos en 2025 y llegará a las librerías españolas la próxima semana, traducida por Aurora Echevarría.
Elegante, dulce y con un sentido del humor travieso, Desai confiesa que la presión tras el éxito de El legado de la pérdida, que le valió el Booker Prize en 2006, se desvaneció hace tiempo. No recuerda cuándo exactamente, pero sí que dio paso a la complejidad del proyecto que se había propuesto. “Sabía que sería un libro largo”, comenta sobre una novela que llegó a temer no poder terminar. “La tarea se complicó por mi interés en incluir un amplio elenco de personajes de diferentes generaciones y por mi intención de explorar la soledad desde una perspectiva global, considerando tanto las visiones oriental como occidental, y contemplándola como sustento, estigma y miedo político”.
La autora explica que las ideas son siempre su punto de partida, dejando la trama para más adelante, dedicándole quizás los últimos dos años del proceso. “Envío a los escritores que saben cómo terminan sus libros antes de empezar”, afirma. El final llegó cuando se dio cuenta de que cualquier cambio alteraría toda la novela. “Ahí comprendes que los defectos son necesarios. Que, en realidad, lo más útil de un libro es lo que está mal”.
La novela sigue a Sonia y Sonny, jóvenes indios que buscan en Estados Unidos un símbolo de estatus para sus familias, enfrentándose a los microrracismos cotidianos, la extrañeza del desplazamiento y la soledad del nuevo mundo. La historia también explora las vidas de sus familias, cuyos árboles genealógicos se despliegan ante el lector desde las primeras páginas.
La trama se desarrolla a finales de los noventa, coincidiendo con el auge del nacionalismo indio liderado por Narendra Modi. Desai quería explorar, a través de la figura de los abuelos, los “extraordinarios cambios que experimentó la generación que pasó del Imperio Británico a la independencia”. Relata que sus abuelos se casaron en un matrimonio concertado cuando él tenía 16 años y ella 13, siendo este el segundo matrimonio de él debido a la alta mortalidad infantil de la época.
Existen paralelismos con su propia vida. Al igual que Sonia, Desai estudió en Vermont, donde los largos inviernos pusieron a prueba su paciencia y capacidad de introspección. Llegó allí gracias a su madre, quien, como la de Sonia, desafió las convenciones de la época al dejar a su marido para aceptar un puesto como profesora de literatura en el Reino Unido y, posteriormente, en Estados Unidos. La novela está dedicada a su padre, a quien describe como un hombre arraigado a su tierra.
Desai, perteneciente a una generación que renovó las letras indias en inglés, es hija de la escritora Anita Desai, de 88 años, que vive a una hora al norte de Nueva York. Ambas mantienen una estrecha relación. Al llegar a su casa, Desai atendía una emergencia médica de su madre. Al colgar el teléfono, agradeció la visita, ya que le había obligado a “limpiar el polvo” y “ordenar el caos” de su hogar. Vive sola, aunque últimamente comparte su espacio con una “familia de ratas grandes” que se ha instalado en su jardín.
Su madre, tres veces finalista del Booker Prize, es una de sus autoras favoritas. Recomienda El Bombay de Baumgartner, “sobre la experiencia de su madre alemana en India”, y En custodia, además de ser su primera lectora. Creció viendo a su madre escribir mientras criaba a cuatro hijos. “Para mí fue más fácil; no tuve que esforzarme para crear ese ritmo de vida ni la disciplina que implica la literatura. Siempre me resultó natural estar en casa en silencio y trabajando todo el día”.
Desai se siente cómoda con la soledad y disfruta de “vivir obsesionada con las noticias”, aunque prefiere mantenerse alejada del mundo literario de Nueva York. Fue al mudarse a Estados Unidos cuando descubrió que la ausencia de compañía podía ser una necesidad física. “En India siempre hay gente alrededor”, explica. “Pasas el tiempo buscando momentos para ti misma. Cerrar una puerta sin que alguien la abra es casi una falta de respeto”.
La intimidad
Esta reflexión sobre la intimidad la comparte Sunny en la novela, al enfrentarse a las costumbres de su novia de Kansas. Mientras tanto, Sonia, en Nueva York, se ve envuelta en una relación tóxica con un artista mayor que ella, al que describe como un “cretino engreído”. Él le aconseja que no escriba sobre matrimonios concertados ni sobre “tonterías orientalistas”, y que evite el “realismo mágico”, lo que provoca una interesante reflexión sobre las expectativas de los lectores occidentales hacia una escritora india como Desai.
Sonia, acomplejada, llega a sustituir las guayabas por manzanas en una de sus historias, un guiño metaliterario. La creadora tituló Alboroto en el guayabal su primera novela, una sátira sobre un punjabí confundido con un santo. Además, los abuelos de Sonia proponen a Sunny un matrimonio concertado, que ambos rechazan por considerarlo una costumbre obsoleta, a pesar de que este tipo de uniones sigue siendo “la mayoría en la India”, según Desai.

Con ese atrevimiento de los abuelos comienza el viaje de una “historia de amor india en el mundo globalizado” que lleva a los protagonistas de Nueva York a Nueva Delhi, de Goa a Venecia, y de París a México, donde Desai pasó largas temporadas aprendiendo español, sin demasiado éxito. La escritora confiesa que ha visitado todos esos lugares porque, aunque es una novelista con gran imaginación (capaz de escribir “casi 700 páginas [733 en la edición en español] sin que ninguna resulte superflua o aburrida”), considera que “uno no puede hablar convincentemente sobre lugares que no ha visitado”.
Para la historia también encontró inspiración en la pastelería La Gran Uruguaya, ubicada cerca de su casa en Jackson Heights. Allí nos llevó para mostrar las ventajas de “vivir en un barrio lleno de historias que están esperando a ser descubiertas”, incluso con temperaturas bajo cero.

En La Gran Uruguaya, Sunny disfruta de un “café con leche” y se siente aceptado. Desai pidió una empanada vegetariana. En medio del ruido de los televisores, la conversación derivó hacia Zohran Mamdani, el alcalde de Nueva York. Desai conoce a su madre, la cineasta Mira Nair, y considera que sus propuestas son “lógicas” dada la “intolerable” situación económica de la ciudad.
También habló de la paradoja que vive la comunidad india en Estados Unidos bajo la administración de Donald Trump. Por un lado, figuras como la segunda dama, Usha Vance, y Vivek Ramaswamy, aspirante a gobernador de Ohio (“un tipo embarazoso”, según Desai). Por otro, el nacionalismo xenófobo del movimiento “America First” los ha convertido en blanco de racismo, acusándolos de beneficiarse del visado HB-1 para trabajadores altamente cualificados. “El racismo hacia los indios está creciendo en este país. Creo que la comunidad no esperaba esto, tampoco los aranceles”, opinó Desai antes de despedirse, buscando la soledad en lo que quizás sea el lugar más silencioso de Nueva York.
Allí la espera su nuevo proyecto literario. Por ahora, solo está “jugando con ideas”, pero tiene claro que no quiere embarcarse en una empresa tan ambiciosa como la anterior. Sus lectores agradecerán no tener que esperar otros 20 años.
