Los primeros síntomas de la gripe, como escalofríos, fatiga repentina y dolor de garganta, suelen aparecer al final del día. Un gesto común es buscar consuelo en un postre, un chocolate caliente azucarado o una comida abundante. Si bien no es dramático, tampoco es lo más recomendable.
En las primeras etapas de una infección viral como la gripe (influenza), el cuerpo moviliza energía para desencadenar la fiebre y activar la respuesta inmunitaria. En esta fase, la hidratación y el descanso son prioritarios. Una comida pesada o muy azucarada no “bloquea” las defensas, pero puede aumentar el malestar digestivo y desviar temporalmente parte de la energía hacia la digestión, un proceso que representa entre el 5 y el 15% del gasto energético diario después de una comida.
Azúcar refinado y gripe: por qué la moderación sigue siendo útil
El azúcar refinado (refrescos, pasteles, postres industriales) provoca un rápido aumento de la glucemia. Algunos estudios sugieren que una hiperglucemia aguda puede alterar transitoriamente algunas funciones inmunitarias, en particular la actividad de los neutrófilos, células clave de la primera línea de defensa. El efecto es moderado y temporal, no “desactiva” la inmunidad, pero en la fase aguda es mejor evitar los excesos.
Las bebidas azucaradas son particularmente problemáticas: al no contener fibra para ralentizar la absorción, provocan un aumento más pronunciado de la glucemia. En caso de fiebre o fatiga intensa, no aportan ningún beneficio específico en comparación con una buena hidratación. El principal objetivo sigue siendo evitar la deshidratación, no eliminar todos los carbohidratos.
Las primeras 24 horas: prioridad al confort y la hidratación
En las primeras 24 horas, el objetivo es simple: cuidar el organismo. Beber regularmente (1,5 a 2 litros según la tolerancia), priorizando el agua, los caldos y las infusiones. El caldo de pollo, a menudo recomendado, aporta principalmente hidratación y calor, con un ligero efecto fluidificante gracias a la cisteína presente de forma natural.
En cuanto a la alimentación, si el apetito disminuye –lo cual es frecuente–, es mejor optar por porciones ligeras y fáciles de digerir: verduras cocidas, arroz, compota sin azúcar añadido. No es necesario “forzarse a comer” si no se tiene hambre. Por el contrario, una comida muy grasosa o abundante puede acentuar las náuseas, el reflujo o el malestar nocturno, sin un impacto directo demostrado en la gravedad de la gripe.
Después de 24 a 48 horas: reintroducir progresivamente
Cuando la fiebre baja y vuelve el apetito, se puede ampliar progresivamente: proteínas fáciles de digerir (huevos, aves, pescado), frutas ricas en vitamina C, productos fermentados como un yogur natural. Las frutas, incluso las azucaradas, no son un problema: su fibra ralentiza la absorción de glucosa y aportan vitaminas y antioxidantes.
En resumen: una galleta no empeora una gripe. Pero en la fase aguda, el organismo se beneficia de una hidratación suficiente, comidas sencillas y una carga digestiva moderada. El “reflejo azucarado” no es catastrófico, simplemente no es lo más estratégico cuando el cuerpo ya está movilizado en otra parte.
